8 de junio de 2012

Los poderes del Estado - Es tiempo de cambio

Cualquier Estado en una democracia tiene atribuidos tres poderes fundamentales reconocidos y uno tácito, del que no se habla, pero que es su verdadera arma para controlar a la Sociedad:

- Poder ejecutivo: Hacer cumplir las leyes de un país (encargado: el Gobierno de turno)
- Poder legislativo: Aprobar las leyes de ese país (responsable: Congreso elegido en urnas)
- Poder judicial: Administrar justicia en el país (recae en: tribunales y juzgados)

El cuarto deriva de los tres primeros y es el poder de la violencia, de declarar la guerra, de matar y se articula a través del ejército, policía, cuerpos secretos y por supuesto, utilizando sutilmente el poder ejecutivo, el legislativo y evitando que el poder judicial sea independiente, como se supone que debería ser.

En nombre de la Justicia, el Bienestar y el Progreso, los Estados han ido atribuyéndose derechos y prebendas, más propias de sistemas feudales que de lo que todos aprendimos que era una democracia.

El Estado ha dejado de representar al pueblo hace mucho tiempo, para representar los intereses de una clase política corrupta, inepta, sin visión de futuro y sin capacidad de reacción y organización. Las últimas décadas de vacas gordas han apoltronado al Estado, convirtiéndole en un engendro de cuatro cabezas, voluble y caprichoso que sólo sabe pedir, para despilfarrar lo que sus siervos, la Sociedad en general, consiguen salvaguardar después de verse sometidos al expolio y el robo continuo y lacerante de un Estado que se bambolea y que a falta de rumbo, improvisa a costa de todos nosotros, extendiendo sus tentáculos, cuando lo que debería hacer sería amputárselos.

El Estado se debe reinventar, refundar sus pilares, rediseñar su función en la nueva Sociedad del conocimiento y pasa por dejar caer lo que hoy tenemos y empezar de cero, desde una concepción ligera de un Estado eficiente con un impacto mínimo en la Sociedad. No podemos seguir pensando en un papá Estado, porque en esa estructura, papá-estado tiende a pensar que es el rey, el dios y el todopoderoso brazo que mueve los hilos de los habitantes del país que gobierna, llegando a la dantesca situación en la que hemos caído sin tener ni una pobre red para amortiguar el golpe.

Los servicios que ofrece el Estado, no tienen porque depender del Estado. La gestión estatal ha demostrado ser ineficiente, manirrota e ineficaz. Los gobiernos deberían basarse en una máxima: la libertad, todos nacemos libres y ningún estado debería concebirse para coartar y restringir nuestras libertades, escudándose en la bandera de la justicia, el progreso o nuestro bienestar.

REINVENTEMONOS, valoremos opciones que nacen en distintos puntos del mundo. En la red hay ya alternativas a los sistemas obsoletos que han demostrado con creces su incapacidad. 

El sistema judicial dista mucho de ser imparcial y de ser un poder no controlado por el poder ejecutivo. ¿Por qué el sistema judicial tiene que estar limitado a cada país? ¿Por qué debe formar parte del Estado? ¿Por qué son procesos tan largos y costosos? ¿Podría sustituirse por un sistema de arbitraje internacional como judge.me, vinculante en más de 146 países?

El poder ejecutivo debe de descentralizarse.  En un mundo global las fronteras son una lacra del pasado. Las leyes que rigen la convivencia deberían ser similares en todo el mundo y las comunidades las responsables de que esas leyes se cumplan, ya sean comunidades pequeñas, o comunidades grandes al estilo de las ciudades-estado.

El poder legislativo debería nacer de la Sociedad, no estar delegado en congresistas o parlamentarios que a penas si van a su puesto de trabajo ya que sus decisiones dependen de los lobbies a los que se venden. ¿Por qué pensamos que unos cuántos políticos tienen más criterio que cualquiera de nosotros? ¿Por qué dejamos que sean otros los que limiten nuestra libertad? ¿Por qué nos dejamos guiar como si fuésemos borregos sin capacidad ni raciocinio?

Somos responsables de nuestra realidad y debemos comenzar el cambio desde nuestro entorno más cercano hasta lo que nos parece lejano, inabordable e incluso inexorable. Es tiempo para el tipo de desobediencia civil que esgrimió Thoreau, es tiempo para que dejemos de aceptar todo lo que el Estado nos intenta imponer, justificándose en que es por nuestro bienestar. Es tiempo de ser críticos y no dejar que la deriva de una clase decadente nos arrastre en su degeneración y en su propia crónica de una muerte anunciada.





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