31 de marzo de 2011

El rebaño bala con admiración y obediencia


Prácticamente todos los sistemas educativos del mundo están basados en la obtención de conocimientos académicos premiados mediante la obtención de buenas notas, y castigados con malas puntuaciones o suspensos. Enseñan en mayor o menor medida lo que hace más de un siglo se determinó que era el conocimiento que cualquier ciudadano integrado en la sociedad debía tener, y en esta recopilación del 'buen saber' se dio mucha más importancia al conocimiento técnico que al conocimiento humanístico; es mejor que un ciudadano sepa hacer operaciones aritméticas a gran velocidad, frente a que conozca en detalle el pensamiento o la historia de los últimos siglos. Es mejor tener ciudadanos sumisos, que puedan ser fácilmente manejados por los hilos del poder, a tener ciudadanos contestatarios, que cuestionen de forma sistemática lo correcto y lo incorrecto. Es mejor tener ciudadanos que acaten las normas sin pensar, que no, tener ciudadanos que cuestionen el poder y la forma en que se les gobierna.

Así pues los sistemas educativos se diseñaron para modelar a los niños, futuros ciudadanos, bajo 3 parámetros:
  • Futuras máquinas productivas
  • Futuros ciudadanos dóciles y manejables
  • Futuros ciudadanos obedientes
A partir de estas premisas, se establece un sistema educativo con una serie de condicionantes y su propia escala de valores. El decálogo para ser un buen alumno podría ser este:
  1. Buenas aptitudes para el cálculo matemático
  2. Buena memoria
  3. Buena capacidad en expresión y comprensión lingüística
  4. Competitividad
  5. Individualismo
  6. Pulcritud
  7. Obediencia; no cuestionar las normas
  8. Respeto incondicional a la autoridad
  9. Falta de iniciativa, inexistencia de ideas novedosas que impliquen cambios
  10. No exponer abiertamente ideas propias que no se ajusten a las normas
El sistema sólo prima las aptitudes o modelos de inteligencia que suponen un plus en la creación sistemática de ciudadanos productivos. La inteligencia artística, emocional o deportiva, no obtienen una prima en nuestro sistema educativo. No se potencian y no se premia a los alumnos con estas aptitudes. Es más, en los insidiosos test de inteligencia a los que se somete a todos los alumnos de secundaria, sólo se valora y puntúa el tipo de inteligencia que busca el sistema, el resto es despreciado y en consecuencia en lugar de un premio a través de un alto IQ, obtienen un castigo, con un IQ no apto para los estándares sociales.

El modelo de premio y castigo está intrínsecamente ligado con la competitividad. Se premia al alumno que cumple el decálogo, se le premia en público, para que sirva de castigo al resto del aula. La comparación se filtra en los esquemas de comportamiento de los niños. Uno no es bueno por sí mismo, sino por lo malo o mediocres que son los demás. No se busca el crecimiento personal, sino establecer un modelo de crítica comparativa entre compañeros, un modelo que les sirva de referencia en el futuro; ser mejor que los que les rodean y conseguir un premio público que constate el triunfo, frente al fracaso de otros.

El individualismo es otra de las características de la sociedad del consumo. Como cualquier comportamiento adquirido, cuánto antes entre a formar parte de la personalidad, más arraigado estará. En las aulas se fomenta el individualismo en el trabajo, frente a la cooperación y a la solidaridad. De nuevo el premio-castigo y la comparación entre los alumnos, deriva en un comportamiento individualista. Si un alumno ayuda a otro a conseguir un objetivo, el premio será compartido, y tendrá un sabor agridulce, pues pierde el protagonismo.

La pulcritud está ligada a la imagen personal, al culto al cuerpo, a la belleza y al orden exterior. Aun cumpliendo el resto del decálogo, un alumno que no sea pulcro, no obtendrá nunca recompensas del sistema, ni lo hará un adulto con una imagen no adecuada a los estándares de la cambiante moda.

La obediencia y el respeto son pilares básicos para el control de la sociedad. La obediencia ciega a esas normas que existían antes incluso de nacer el alumno, la obediencia a las leyes que el ciudadano nunca votó, pero que protegen al individuo y salvaguardan el buen funcionamiento social y de grupo. Aquellos que implantaron las normas, aquellos que votaron las leyes, son entes superiores a los que se debe respetar, y que habitualmente están por encima de las normas que ellos mismos dictaron, ya que en su infinita sabiduría se eximieron de su cumplimiento. A los que se debe respecto y obediencia no necesitan reglas que marquen y delimiten su comportamiento. Ellos dictan, y el rebaño bala con admiración y obediencia. Esa lección es la más importante de nuestro sistema educativo.

Por último y para fomentar la imperante hipocresía de nuestra sociedad, el alumno nunca es incentivado y premiado por exponer ideas ajenas al pensamiento común. Lo estándar, lo ya probado, lo convencional, es lo que se espera de cada uno de los alumnos. Se les ahoga en la mediocridad y se corta las alas a cualquier atisbo de originalidad y creatividad. La innovación no va unidad a la recompensa, no así la repetición y velocidad de la reiteración, que siempre consiguen el premio del sistema. Se buscan ciudadanos productivos, no creativos. Y se espera que los resultados de los arrebatos de creatividad, se escondan hondo en el corazón y no se compartan con el resto, no fuera a ser que esa creatividad hubiese llevado al alumno o al ciudadano más allá de los límites de su propio corral y pudiese abrir una puerta a un espacio de libertad.

Gracias a las innovaciones tecnológicas de las últimas décadas del siglo XX, la industria ha ido necesitando ciudadanos menos capacitados para los procesos productivos. El valor añadido de los trabajadores, queda circunscrito a un pequeño círculo elitista, que organiza y define los procesos, para que sean automatizados en su mayor parte. Las áreas no automatizadas no requieren personal excesivamente cualificado, lo que permite a la industria tener rotación alta en su plantilla y formar a cualquier trabajador en un tiempo reducido.

Este cambio en la industria de finales del siglo XX, se ha visto reflejado en los sistemas educativos. Los gobiernos han dado más peso en las aulas, a la formación de futuros ciudadanos dúctiles y obedientes, que a la formación de ciudadanos productivos. Así, el nivel de enseñanza técnica, la capacidad memorística y el correcto conocimiento y comprensión de una lengua, han pasado a ser los penúltimos de la lista, primando el sistema, el adoctrinamiento de los alumnos en la propia trampa social.

Se han incluido materias como 'Educación para la ciudadanía' y se ha eliminado prácticamente en su totalidad la 'Filosofía'. El sistema busca buenos ciudadanos, no buenos pensadores. Da igual si apenas saben escribir correctamente en su idioma, o si su cultura general está en niveles inaceptables, o si para multiplicar necesitan una calculadora. Lo importante es que no sean ciudadanos conflictivos, que acaten las leyes, trabajen, consuman, paguen religiosamente sus impuestos, se reproduzcan según las necesidades del crecimiento o decrecimiento de la pirámide población, y recuerden la lección más importante de su época escolar:


Los que están en el poder dictan, y el rebaño bala con admiración y obediencia.

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5 Octubre 2010

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