9 de octubre de 2009

Un tiempo sin tiempo

Hubo una vez un tiempo sin tiempo. Sin estaciones. Sin sol. Sin estrellas. Sin luna. Un tiempo inalterable en el que nada tuvo inicio y nada tuvo fin. Un tiempo sin cambios, pero un tiempo con vida. Difícil imaginar, días que no son días, años que se pasan sin cumplir, madurez que no se refleja en la faz, el avance sin ningún signo temporal. Saber que existes hasta que dejes de existir, pero sin calcular cuándo será. Un tiempo en el que la vida puede ser larga o corta desde nuestra percepción, pero desde el que no conoce la medida del tiempo, es sólo vida. Una cadena de experiencias atemporales, en las que la memoria no existe porque no hay un ayer, ni un mañana para contar los recuerdos, ni un hoy para comparar lo que fue con lo que será.

En aquel tiempo sin tiempo, los hombres no tenían objetivos, no ansiaban poseer más, no había Gobierno, ni leyes. No había dinero, no había Sociedad. No había nada que comprar, ni nada que se conservase más allá de un suspiro.

En aquel tiempo sin tiempo, el hombre no luchaba por ganar la batalla del tiempo. Nacía con lo que tenía, que era lo mismo que tendría al morir. Vivía como si cada instante de su vida fuera el último, porque nunca sabía cuándo encontraría el fin. Amaba sin un fin, porque nada debía, ni debería en el amor. Comía cuando la ocasión le brindaba ese regalo. Dormía sólo cuando su cuerpo se negaba a avanzar más y disfrutaba de todo lo que se cruzaba en sus días sin noche. En su tiempo sin horas. En su vida sin tiempo.

Una era en la que no habitaba la rueda del tiempo, la rueda sin fin que acompasa la vida. Un tiempo sin tiempo, aprisionado en otro universo, por el implacable giro de la todo poderosa RUEDA DEL TIEMPO.

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